La vida es como una botella de buen vino. Algunos se contentan con leer la etiqueta. Otros prefieren probar su contenido.
En cierta ocasión mostró Buda una flor a sus discípulos y les pidió que dijeran algo acerca de ella.
Ellos estuvieron un rato contemplándola en silencio.
Uno pronunció una conferencia filosófica sobre la flor. Otro creó un poema. Otro ideó una parábola. Todos tratando de quedar por encima de los demás.
¡Fabricantes de etiquetas!
Mahakashyap miró la flor, sonrió y no dijo nada. Sólo él la había visto.
¡Si tan sólo pudiera probar un pájaro, una flor, un árbol, un rostro humano... ! Pero ¡ay! ¡No tengo tiempo!
Estoy demasiado ocupado en aprender a descifrar etiquetas y en producir las mías propias. Pero ni siquiera una vez he sido capaz de embriagarme con el vino.
sábado 16 de junio de 2007
Frabicantes de etiquetas
sábado 9 de junio de 2007
Aracne
En las manos de Aracne, los mechones de lana parecían neblina. Aracne es hija de Idmón, un tintorero, nació en Lidia.
Ella era una simple mortal, pero había tal arte en su trabajo, que para contemplarla girando el huso torneado o dibujando con la aguja, las ninfas abandonaban los viñedos y las aguas.
Sus bordados eran tan maravillosos que la gente comentaba que sus habilidades le habían sido concedidas por Atenea, diosa de la sabiduría y patrona de los artesanos. Enredada en su soberbia y orgullo, Aracne empezó a proclamarse mejor tejedora que Atenea.
Ella quería que su arte fuera grande por su propio mérito y no quería deberle sus habilidades y triunfos a nadie. Por eso, en un momento de inconsciencia, retó a la diosa, quien por supuesto aceptó el reto. Primero, se le apareció a la joven en forma de anciana y le advirtió que se comportará mejor con la diosa y le aconsejó modestia.
Viendo que Aracne no le hacía ningún caso, la conminó bajo pena de un terrible castigo a su osadía y soberbia. Pero, en definitiva, nada parecía convencer a la muchacha.
En su terquedad estaba Aracne, y no se movía de su férrea postura, cuando los canos cabellos de la anciana se tornaron lisos y brillantes, su cayado se transformó en una lanza, sus oscuras vestimentas se tornaron blancas y su achacoso cuerpo se espigó alcanzando un porte imponente. La que ahora tenía ante sus ojos la muchacha era la mismísima Atenea, la inventora de la rueca, la protectora del arte del tejer.
Ahora bien, Aracne, aun teniéndola delante, no se detractó de lo dicho, sino todo lo contrario. En su soberbia animó a la diosa a demostrar que, efectivamente, tejía mejor que ella misma.
En el tapiz de la diosa, mágicamente bordado se veían los doce dioses principales del Olimpo en toda su grandeza y majestad. Además, para advertir a la muchacha, mostró cuatro episodios ejemplificando las terribles derrotas que sufrían los humanos que desafiaban a los dioses.
Sin embargo, la tela de la orgullosa Aracne mostraba a los dioses como locos y borrachos y se mofaba de los amoríos más deshonrosos de las deidades. Era un trabajo tan brillante y delicado, que la diosa, fuera de sí y encolerizada por el insulto hecho a los dioses, tomó su lanza, rompió su obra y golpeó a la joven.
Aracne se dio cuenta que había ofendido gravemente a los dioses, sintió miedo, salió corriendo e intentó terminar con su vida pasándose un lazo por la garganta y colgándose de una viga.
Su intención era poner fin a su deshonra, pero no contaba con los planes de Atenea, quien le perdonó la vida convirtiendo la soga en fina seda. Pero Atenea no acabó aquí, pues para castigarla por su soberbia, la maldijo eternamente a tejer y a tejer su tela, a vivir en ella y a alimentarse gracias a ella.

